No me des tregua, no me perdones nunca. Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que vuelves. ¡No me dejes dormir, no me des paz! Entonces ganaré mi reino, naceré lentamente. No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guante; tállame como un sílex, desespérame. Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos. Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas. Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces. No me importa ignorarte en pleno día, saber que juegas cara al sol y al hombre. Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo, lo que nadie te pide: las espinas hasta el hueso. Arráncame esta cara infame, oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.
Una nota en tonos amarillos y rotulador de trazos cálidos. Sin un autor que rubrique, porque no es necesario ni nombrarlo. Puedo oler uno a uno los versos, sentir cada palabra, oír aquellas vocales, el apremio que empuja y desplaza cada coma, que arrastra las consonantes fricativas y revuelve cada (doble) significado dibujando sonrisas por doquier. Definitivamente, fue una buena idea colar poemas entre los apuntes de opinión pública. Porque ahora, entre Tocqueville y Bentham, Cortázar.
Perfecto.
PD: Post relámpago, de momento no puedo permitirme mucho más. Besos para todos.
Rafael Cabrales canta, desintoxicado; que todo lo bueno y lo malo caben dentro de un papel. No se si es el influjo de las terapias del proyecto hombre, o si esta afirmación custodia la fórmula secreta contra solitudes y soledades varias. Tampoco importa demasiado. En cualquier caso, hoy, se me antoja que una buena manera de acogotar las dificultades es inventariar. Así que, me inyecto una generosa dosis de facilidades; que engrisezcan; y nos aúpen un poco en las cuestas hacia arriba. Ahí va mi particular chute.
Las lasaña precocinada, telas que no se arrugan, rotuladores lavables, tutoriales para manejar el ordenador, cámaras de fotografía que enmiendan la torpeza de sus dueños, bolsas de basura con cierre incorporado, aparatos que señalan el desvío correcto en cada rotonda y hasta coches que se aparcan solos.
Mesas y sillas de camping plegables, las telas impermeables de ciertos manteles, la lana que no encoge, la plata que no se ennegrece, el arroz vaporizado, los acondicionadores que evitan los nudos y encrespamientos capilares, los recambios para casi todo, las servicios técnicos 24 horas, las latas con anilla de apertura, los leds que encienden las farolas automáticamente, los perros adiestrados y el paso rápido del tiempo cuando se disfruta.
Ese rosario electrónico, el sexo sin compromiso, el funcionamiento de un pararrayos, las pizzas a domicilio, las sartenes especiales para dar la vuelta a la tortilla con una mano, la amistad cuando está recién estrenada, los atajos para ganar tiempo, la quiniela cuando ya es domingo por la noche, las preguntas verdes del trivial, soñar bajo la ducha que eres la reencarnación de Lady Ella, sentir lo que se dice, decir no todo lo que se siente.
Los escalofríos tras rebuscar en el congelador un helado de fresa, las nuevas tijeras de podar con seguro anticortes, las cosquillas en el estómago al rozar con la lengua la piel de un melocotón, los contagios de resfriados y estornudos, acertar por intuición preguntas que no conoces, las sopas de letras de los periódicos.
Esa pirólisis de los hornos modernos, las tiritas que curan heridas por si solas, esquivar los charcos gigantes dejados por la tormenta, arrancar hojas del calendario, sentirse bien con poco y ver que las piezas de los rompecabezas terminan por encajar; a veces.
Cuando comencé en el cibermundo, con el fotolog, no tuve ganas de escribir sobre otra cosa que no fuera el descubrimiento de él. De lo que comenzaba a ser, del conocimiento mutuo. Yo misma notaba, en ojos de todos, el cansancio de mi discurso baboso. Pero, para ser fiel a la realidad, no traté de controlarme, o al menos, no lo hice mucho. Poco a poco, conseguí calmar el borbotón, al menos de puertas para fuera.
Ahora, ya ha pasado más de un año, y aunque, haya cambiado de soporte y de alojamiento web, él sigue estando en todos mis escritos, aunque de otro modo. Si la memoria no me traiciona, ya existe un axioma físico que enuncia ese principio de que la energía no desaparece, solo se transforma. Y es más o menos, lo que que ha ocurrido, con el que antaño era el protagonista absoluto de todas mis actualizaciones. Los menos avezados, sostendrán que ya se pasó la época del “encoñamiento”, de los tequieros y los teamos tecleados con cansina reiteración. Pero no, no se trata de eso.
Para mí, sigue siendo mi lector, el rostro que pongo al otro lado del ordenador cuando me pongo a desvariar encadenando palabras. Es al que le susurro, con una brizna de suspicacia en la voz: ¿has visto mi bloooog?; y al que le reprocho con melosa inocencia que a veces se demore en visitarme en este alojamiento.
Es de locos pensar, que las relaciones se mantienen imperturbables con el paso del tiempo. Claro que hemos cambiado, tanto el “nosotros” juntos, y el que subsiste por sí solo. Y eso, no es necesariamente malo.
Porque lo fácil, son los primeros momentos, en lo que todo está aún por conocer del otro; en los que cada pequeña anécdota es un descubrimiento inconmensurable; y cada beso está muñido por ese particular sabor de lo desconocido. Son preciosos esos momentos, de palabras bonitas, de perpetua inocencia y melosidad, las primeras noches en las que buscas tu lugar en el cuerpo ajeno; explorando recovecos. Todo está cubierto por un velo de mariposas en el estómago, de novedad, de ansias exploradoras.
Pero, todo va, sordamente,mudando. Pasan las épocas de mutuo conocimiento; y ya no somos solo esas personas que comparten exclusivamente momentos románticos e idílicos, sino que estos se entremezclan con otros muchos, de diversa naturaleza y magnitud. Él, ya no es solo la persona a la que cuentas tu pasado, con la que compartes batallitas del instituto, o de hazañas vividas. Los mensajes románticos y elaborados, dejan paso a palabras de apoyo, en momentos duros, a las de soporte cuando te necesita; y los momentos que compartes ya no son solo la versión edulcorada de ti. Ya ha ocupado un lugar mucho más amplio en tu vida que ese recinto meramente romántico. No son solo cenas con velas, ni noches de confesiones; es la persona que está a tu lado cuando tienes un mal día, y te has levantado con la mala leche un poco del revés, y no hay quien te soporte o entienda. Quien se esfuerza, denostadamente, en hacerlo.
Y ya la perfección empieza a tener visos más antónimos. Las equivocaciones se suceden, como es natural, y poco a poco, también compartimos esa “otra” parte de nosotros que nos gusta menos; y que no querríamos que nadie más viera. Ese monstruo que a veces es irracional, a veces cabezota y orgulloso, otras un niñato sin excusas, razona equivocadamente, y que sale de vez en cuando sin que le llamemos. Y, sin haber aprendido a bregar con los propios, nos embarcamos en un esfuerzo de comprensión racional con los monstruos ajenos.
Y claro, claro que es difícil. Lo sencillo sería quedarse en esa parcelita mínima de relación, en la que todo es color de rosa, y las palabras siempre son bienintencionadas. Pero es el riesgo que se asume al ir “más allá”. Y yo no me arrepiento de haber escogido esa bifurcación. Por muchas lágrimas que nos haya hecho verter en ocasiones, por muchos muros que hayamos tenido que derribar para seguir el camino. A pesar, ( no me entiendas mal ) del daño que nos hemos causado con nuestras correspondientes equivocaciones. Y de los momentos en los que los escollos parecían montañas insalvables.
Porque, todas las relaciones oscilan, y cuando están en un momento subterráneo, oscuro y obtuso; el pesimismo nos conduce a la convicción de que nunca saldrá de ese bache. Yte percatas de que las palabras, que tan precisas y unívocas parecían, son en realidad términos volubles y sin un significado compartido. Uno pregunta en chino mandarín sobre el amor y el otro contesta en catalán teorizando sobre los flujos de comunicación.
Claro que la ecuación no tiene por qué funcionar como una magia. Quererse, no es la receta de ninguna felicidad. La vida es un continúo aprendizaje, y también en esto hay que revisar modos y maneras, y rectificar en el cómo.
Y optar por la vía complicada, tiene mucho que superar. Palabras como tolerancia, comprensión, empatía y paciencia; son el bote salvavidas con el que salir a flote. Y sostener tu mano siempre, eso, sobre todo.
No puedo otra cosa que alegrarme de esa decisión, de haber conservado la esperanza entre las trincheras. De compartir todas las parcelas de mi vida, de mí misma, y de que seas algo más allá de cualquier término etiquetable bajo simplismos como “novio” ó “amigo”. De que estes ahí, al otro lado, leyendo estas líneas.
Joder,y yo venía aquí, con el virus de la prisa inoculado, y sólo podia dedicar un par de minutos a la actualización. Quería haberte dedicado algo menos filosófico y personal, y he acabado teorizando más de lo literariamente decente. Lo siento, pero es lo que necesitaba salir.Ya sabes que lopreocupante es nolograr sacar las emociones fuera. Se acumulan en tu interior y se enquistan. Las emociones van petrificándose y muriendo dentro de uno. Eso sí es terrible. No obstante, quizás este no sea el mejor soporte para hacerlo, perdóname si es así.
Cuando abrí este documento, quería, ilusa de mí, escribir con letras muy grandes un ÁNIMO que llegue hasta tu casa. Un ánimo que te haga volver sobre los apuntes y los libros cuando la desesperación haga mella en ti. Quería ser una voz queda que se colase en tu oído y lanzase un “Tú puedes” que te convenza, y te llene de vigor para seguir adelante. Que se instale en tu parietal derecho del cerebro, y te lo creas de una vez. Porque sé que puedes, y que lo conseguirás. Aunque sea una batalla dura, pero es la recta final. Y yo me hago bipolar, y me desdoblo mentalmente. Una Bárbara corre a tu lado por la pista vociferando palabras de apoyo, y la otra te espera en la meta con los brazos abiertos.
Son las 8:00. Abro los ojos, y sí, mierda, esta sensación tan asquerosamente familiar: me he dormido. En unas pocas horas me subo a un avión y antes tengo por delante toda una misión para valientes: empaquetar las pertenencias para 4 días. Y, dicho sea de paso, mis necesidades para 4 días distan mucho de comprarse con las que necesita cualquier persona que entre en los parámetros de la normalidad.
Empaqueto mi mundo en la maleta azul y parto a buscar a mi compañero de viaje. Tiene los ojos, la boca y hasta las cejas, con una pátina de sueño. Pero es esa clase de sueño, que casi no importa. Ambos estamos embriagados por esa emoción tan peculiar, la sensación de irse de viaje, que tiene un sabor muy definido, como el poso del café o el primer pitillo. Y anula todo lo demás.
Ya en el aeropuerto, los trámites clásicos. Después de que ryanair me robase 600 preciosos euros ( que aún tienen en su poder ) con el pago del billete, me deleito observando el lugar cochambroso y destartalado dónde les han colocado el Stand en la T1. Que se jodan, por chorizos. Me tomo como una pequeña venganza, que a la rubia que está tras el stand se le olvide cobrarnos los treinta y pico euros por maleta facturada. Que se jodan de nuevo.
Después tocan las acciones que ya se han convertido en clásicos de todos nuestros viaje, aeropuerto mediante, el preludio antes del vuelo: comprar el periódico, el cartón de tabaco, localizar la pecera de fumadores, y comernos el “bocata de viajes”, que ya casi cuenta con entidad propia.(léase: tortilla con tomate natural).
Sin más complicaciones, conseguimos todas ellas. Un comentario a parte merecen una panda de treintañeros con los que compartimos humos en la pecera, ese tipo de gente interesada en hacernos partícipes de todas sus desventuras elevando unos mil decibelios el tono de voz. La que parece la líder del curioso grupo, despierta con su “peculiar” risa el Jack el destripador que todos llevamos dentro. Si hubiera tenido a mano cualquier elemento punzante, le habría extirpado sus cuerdas vocales sin ningún rastro de remordimiento.
Gracias, de nuevo, a las técnicas “low cost” de este siglo, los asientos no están asignados; lo que se traduce en una auténtica guerra. Unas 150 personas luchamos por encontrar asientos juntos, y un hueco donde dejar las maletas. Y en esta guerra, como en todas, TODO vale. Empujones, saltos imposibles y maniobras rastreras. Ahora es cuando entiendo que en el control nos desprovean a todos de cuchillos, catanas, y botes de dentífrico.
Resultado final: conseguimos dos asientos juntos en el principio del avión, pero las maletas están a kilómetros de distancia; temo el momento del desembarque. El grupo de treintañeros vociferantes comparte fila con nosotros; y yo pienso que hay otras 146 personas en el avión que aún no han “disfrutado” de sus lindezas: ¿ Por qué a nosotros? ¿ Por qué justo aquí?. Después de escucharles perlas tan grandiosas como “ ¿ Qué se habla en Holanda?” “ Pues..Flamingo!!! ¡oLé! “, consideramos que es el momento de una siesta, el mejor lugar para huír.
Ya en Eindhoven, y con la maleta en nuestro poder ( la cual aparece en una cinta distinta a la de nuestro vuelo); buscamos el autobús que nos lleve a la estación Central. Con el dinero en mano, trato de entenderme con el autobusero en mi absurdo inglés, y se niega a aceptar mis euros con gesto extrañado. “It´s free today”; ah, vale, entonces todo aclarado. Sucesivamente, los españolitos que van subiendo al autobús mantienen el mismo diálogo, con idéntico resultado: “Pues de puta madre”.
La estación de trenes está bastante bien organizada; con una salvedad: las máquinas expendedoras de tickets no aceptan billetes, ni tarjetas. ¿ Quién en su sano juicio llevaría 40 euros en monedas?. A cambio, para la gente que opta por no romper el cerdito antes de salir de viaje, colocan un mostrador con una simpática holandesa que acepta el dinero en todas sus manifestaciones.
En el tren hacia Den Haag (La Haya), compartimos asiento con un entrañable matrimonio autóctono, rubios y blanquitos todos ellos. Me los imagino en su pequeña casita holandesa tomando el Té con pastas, cultivando tulipanes. No paran de sonreírnos en todo el trayecto, y nos regalan indicaciones de la estación en la que debemos apearnos, con otro montón de frases que no comprendo pero a las que contesto con la mejor de mis sonrisas y un movimiento automático de asentimiento con la cabeza.
En Den Haag Central, nos espera Marc, el amigo de Ángel, junto a al “coso azul” [sic]. Es una de esas personas que transmiten un instantáneo buen rollo nada más conocerles, y decido que me cae bien desde el primer momento. Aunque, traiga noticias no demasiado halagüeñas: no podemos quedarnos en su casa, están pintando y reformando; y hasta la noche del sábado no podremos pernoctar allí. Pero la noche del sábado tenemos que estar en otro país, no adelantemos acontecimientos.
Aún así, se porta de lujo con nosotros, y nos ha buscado un hostal que “no sabe si nos gustará”. Se llama “StayOkey”; y todas mis dudas se esfuman al verlo. Una pasada de sitio; del que, encima Marc solo nos deja pagar la mitad.La habitación, igual de increíble. Marc nos señala con círculos en un mapa todo lo que tenemos que ver de La Haya, incluida un “agua linda” que estoy deseando contemplar. Son las 7 de la tarde, él ya llega tarde a la cena, cosas del horario europeo; pero aún asi nos acompaña un trecho de la ruta turísitica. Vemos la ópera, la Nieuwe Kerk o Iglesia Nueva, y el Ayuntamiento; un edificio imponente, e inmensamente blanco. Marc nos cuenta que es obra de un arquitecto de Miami, que decidió diseñarlo para el clima del Caribe, obviando su real ubicación. El resultado es que, en un país en el que llueve 1 de cada 3 días, el blanco impoluto es más bien grisáceo. Gracias a las luces del arquitecto, cada semana el edificio tiene que ser limpiado en su totalidad, con el gasto consecuente. Una cagada, vamos.
Quedamos para después de cenar, “cuando el sol se haya ido a dormir”; y continuamos la ruta solos; saltando de círculo en círculo de nuestro mapa. La Haya es una ciudad encantadora, con cierta magia, con callejuelas preciosas y un centenar de pequeñas galerías de arte y fotografía. Después del paseo, nos dirigimos al Creamers, el coffe donde Ángel pasó alguna tarde hace 4 años.
Allí, me siento como una niña tonta. Miro asombrada el lugar donde venden mil tipos distintos de hachís y marihuana; la pulcritud del sitio y la naturalidad de los compradores. Hacemos lo propio, y nos sentamos en una mesa con nuestros generosos gramos, en bolsitas de plástico. Cuando llevamos un rato allí, ya bajo los efectos del cigarro de la risa; un tío con un archivador se sienta en nuestra mesa. Ojiplátcos, le observamos esperando que intente vendernos algo enseñándonos fotos del archivador. Pero no. Solo nos pregunta si hablamos inglés, y comienza su tarea de hacerse un porro ( al estilo holandés ) y leer, sin volver a dirigirnos la palabra. Totalmente extrañada, consigo leer alguna hoja del archivador y veo que pone “Creamers”. Ángel y yo debatimos si se trata de una especie de camarero hipiee, y de lo paradójico de la situación. El tío, simplemente, está compartiendo mesa con nosotros, a pesar de tener amigos en otra mesa, con los que habla a distancia de tanto en tanto. Como agradecimiento, nos trae las dos siguientes cervezas. No quiero ni imaginarme la implantación de estas costumbres de “mesas abiertas” en España; no somos lo suficientemente europeos aún.
Tontorrones, y con la risa fácil instalada, salimos de allí, dispuestos a cenar. La única alternativa barata parece un Mc Donalds, así que nos olvidamos de nuestros prejuicios antiglobalizadores, y de la conservación de nuestra salud arterial, y allí nos dirigimos. Tengo que señalar, que, aunque rece el mismo letrero que en España, la hamburguesería también cuenta con peculiaridades propias. Yo, que ya albergaba mis evidentes dudas de que lo que allí servían fuese “food”; por lo menos aseguraba que si era cierto que era “fast”. Pero en Holanda, ni lo uno, ni lo otro. Con el tiempo que se tomaron en atendernos y servirnos; ya podían haber cocinado algo un poquito más elaborado. Después de degustar tamañas exquisiteces, volvemos al Hostal, helados de frío. Allí nos esperan Marc y su mujer Sogol, su hermano Eric con Laura, su novia. Para mi sorpresa, Eric y Laura me recuerdan de su viaje a España, cosa reseñable, ya que yo siempre tiendo a pensar que la gente no me reconocerá de una vez para otra. Yeah.
Nos llevan a un “brown coffe”; que después de la mofa, Marc nos explica que se trata de sitios netamente holandeses. El sitio me gusta, un lugar de luz tenue, con muchos tipos de cerveza y bastante tranquilo. En la mesa circular en la que nos acomodamos, es de lo más políglota. Se entrecruzan frases en Holandés, español e inglés. Ah! Y gruñidos de los españolitos cuando su ridículo inglés no les vale. Marc hace las veces de camarero, y cuándo me pregunta que cómo me gusta la cerveza, le contesto que “fuerte”. Veo destellar en sus ojos un brillo de picardía por mi respuesta, mientras musita un “fuerte, eh??” que me hace temer lo peor. Efectivamente, regresa con una cerveza que podría tumbar hasta al irlandés más aguerrido. Lo resuelvo bebiendo a sorbos cortitos mientras farfullo y me arrepiento de lo oportuno de mi respuesta. Mientras tanto, Laura, que es enfermera en el ejército, tumba a Ángel con un pulso de lo más disputado; mientras los demás nos volvemos auténticos hooligans, jaleando como locos. No obstante, hay revancha, y Ángel sale victorioso en el segundo asalto. Compruebo en mis carnes que esa holandesa de tez clara y sonrisa angelical, es la rencarnación de Hulk en versión rubia. En tres segundos ya estoy lloriqueando, mientras sujeto mi brazo compungida por la derrota.
La velada acaba a la una, obligados por el toque de queda de nuestro Hostal. Día 1 completado, y con fantásticos resultados.
Amanecemos temprano, decididos a aprovechar nuestro día en Ámsterdam. Antes, arrasamos en el buffet del desayuno, demostrando al resto del comedor ( asiáticos en un 95%) que aunque no llevamos peineta ni bailamos sevillanas, somos muy españoles. Nos llenamos el bolso de comida para el resto del viaje, y no dejamos de levantarnos a por más pan, más fiambre, más de todo. El resto de mesas nos miran asustados, temiendo que en algún momento decidamos, insaciables, coger también la comida de sus platos. ( No, no lo hacemos).
Nos envalentonamos, y creemos recordar como llegar a pata a la estación de Den Haag Central. Perdernos, no es ninguna sorpresa, pero sí las zonas por las que pasamos, imposibles de describir. Incluso un amable tendero, nos explica la historia de una garza que fotografiamos: acude allí cada mañana para comerse los restos de pescado del tenderete. Qué maja.
Por fin “aparece” la estación, y nos cogemos un tren a Ámsterdam. Una vez alli, como no recordamos como se dice “consigna” en inglés, seguimos los oportunos cartelitos de una maleta, que finalmente nos llevan a buen puerto. En las taquillas, tardamos un rato en comprender el mecanismo, que no detallaré, tranquilidad.
Libres ya de bultos, nos calzamos la cara de turistas, y empezamos a preguntar a todo transeúnte dónde se pueden alquilar bicis en la estación, porque mi guía asegura esa posibilidad. Llegamos al fin a Mac Bike, donde tras los trámites, nos explican ( en inglés) el mecanismo del candado antirrobo de las bicis. Angel y yo nos miramos, con cara de “espero que te hayas enterado tú, porque lo que es yo…”. El dependiente bromea con mi estatura, y finalmente me asigna una bici de reducido tamaño. Gracias majete.
Haciendo eses, y con el plano de Ámsterdam en el portabultos, nos desenvolvemos bicicleteando, más bien mal, entre hordas y hordas de turistas. Esta semana es fiesta en toda Holanda, y se deja notar en unas calles llenas a rebosar, bajo un cálido sol de Mayo. En el camino de la avenida Damrak, se me antoja una foto con dos “muertes”, una de blanco y otra de negro. En mi cabeza tengo clarísima la fotografía, yo en medio de las dos, con sus guadañas, y yo dubitativa entre la negra o la blanca. Pero, ellos no lo ven claro. Así que, nada más ponerme a su lado y sin mediar palabra, me colocan en una mano la campanita y en la otra la guadaña, mientras me desabrochan el abrigo ante mi estupor. La muerte negra, pone sus manos sobre mí, fingiendo que me está tocando las tetas, sin llegar a tocarme. Hay que joderse, qué cachondos.
Llegamos a la plaza del Dam, o “la plaza del gran Dam”, como quiera mirarse. Una buena sesión de fotografías, y nos mezclamos entre los turistas y autóctonos que se sientan a los pies del obelisco a disfrutar del tímido sol. Tras el break ,marcamos el itinerario a seguir en la guía, y a las bicis de nuevo. Sobre ellas, somos como patos mareados en mitad de Ámsterdam, definitivamente. Nos pasamos el carril bici por el forro, cruzamos en cuando el semáforo marca rojo para las bicis, nos perdemos el uno del otro al menos mil veces, atropellamos a unos cientos de transeúntes….todo un show. Nos pitan todos los tranvías, coches, motos y nos increpa todo aquél que se cruza en nuestro zigzagueante camino. No conseguimos interiorizar que no somos peatones, el espíritu ciclista aún nos queda lejos.Como muestra, valga un youtube...
Tras un rato largo de turismo desenfrenado, llega el momento de comer en España; y como aún andamos con jet lag, tampoco nos adaptamos a los horarios holandeses. La alternativa barata es una especie de kebap, en el que nos pedimos un falaffel, por probar. Craso error, my friend. Las bolitas de “carne” que parecian acompañar a la lechuga, el tomate y la salsa, no son tales. Me ahorro la descripción.
Contiguo al establecimiento de marras, está el Dampkring, célebre coffeshop en el que se rodaron algunas escenas de Ocean´s Eleven. Nos decidimos a entrar, y el sitio es toda una curiosidad, muy cool. En lugar de cuadros, tienen una pantalla de plasma, donde proyectan una y otra vez un documental sobre el rodaje de la peli allí.
Nos sentamos junto a la ventana, en plan “escaparate”; y a los pocos segundos, en la calle se arremolina un grupo nutrido de turistas que escuchan como su guía les cuenta las bondades del coffe y del dichoso rodaje. Nos sentimos con animalitos en el zoo, observados y fotografiados. Esta escena, se repite cada 3 minutos, con sucesivos grupos de turistas. Ángel intenta calmar mi intranquiliad, y me dice “tranquila, en realidad no nos ven. El cristal es opaco por fuera, tú les ves a ellos, pero ellos a ti no”. No me quedo convencida con la explicación, y decido comprobarlo por mi misma. Saludo efusiva agitando la mano y con cara de esquizoide al primero que pasa por la calle detrás del cristal; y el tío me devuelve el saludo con cara de “¿qué pelotas te pasa? ¿nos conocemos?”. Vale, sí que nos ven.
Cansados de tanta expectación y protagonismo, nos acabamos el porro y el café y seguimos turisteando plano y bici en mano. Ámsterdam, es, simplemente preciosa. De canal en canal, y bastante desorientados conseguimos llegar al mercado de las Flores, plagado de exquisitos e indescriptibles olores. Nos hacemos con unos bulbos para plantar tulipanes negros; y nos topamos con una tienda de lo más insólito y terrorífico. El comercio en si, está dedicado por completo a la Navidad, horror de los horrores. En su fachada, tienen colgado un cartel engalanado con muérdago y lazos rojos que alerta “It´s only 238 days till Christmas”. (Solo quedan 238 días para Navidad ). Qué yuyu joder, encima la tienda está hasta los topes de lunáticos de los sprays de nieve y los papanoeles.
Nos refugiamos en “The Magic Mushroom Gallery” dedicada a la venta de todas las drogas y setas legales, en Holanda, claro. Tras toquetearlo y curiosearlo todo, optamos por unas setas suavecitas, Mexicanas, y el dependiente nos da la consecuente charlita ( muy Light ) sobre el consumo. De la charla, yo traduzco que para dos personas esa cantidad es muy suave, y Ángel que muy fuerte. Bueno, pues ya se resolverá el enigma.
Más bici, más turisteo, y más encandilados cada vez con Ámsterdam. Llegamos al Rijksmuseum, una pinacoteca gigante, donde por desgracia y debido al escaso tiempo, no podemos entrar. Cerca, está el museo Van Gogh, e idem de idem. A cambio, nos tiramos a descansar con un par de cervezas en el Vondelpark, un parque inmenso para respirar tranquilidad y amodorramiento.
Se nos escapa el tiempo, y a las 18:45 tenemos que devolver las bicis en la Estación Central. Como es de esperar, ya vamos tarde. Emprendemos el regreso a pedaleadas frenéticas, y sólo llegamos 5 minutos tarde. El tío de Mac Bike, me dice que “casi” a tiempo, y yo, muy chula, le contesto que en España llegar 5 minutos tarde es llegar puntual. Ale.
Reconvertidos en peatones de nuevo, volvemos a la plaza del “Gran Dam”, en un coffe de allí cercano hemos quedado con Mawi, quien ha accedido a acogernos en su residencia esa noche. Nuestra salvadora, vamos. Tomamos otro café con ella y Gonzalo, su chico (¿), en el Paradise, un coffeshop con motivos de Bob Marley por todas partes.
Después de ponernos al día, volvemos a la Estación central para coger las maletas y dirigirnos a Haarlem, donde viven, a escasos 20 minutos de Ámsterdam.
El “pueblo” en cuestión, tiene 100.000 habitantes, y es todo un sueño. Una sucesión de arboledas y casitas, de las que parece que en cualquier momento saldrá una abuelita con delantal a ofrecernos bollitos recién hechos. La residencia en la que viven, otro sueño. La habitación de Mawi podría tildarse de “casa”, sin exagerar ni un ápice. Nuestra salvadora se porta como la mejor anfitriona, y se marca una cena que, después del odioso falaffel es todo un alivio. Deliciosa: filetes de lomo con patatas, ensalada de pasta, pimientos fritos y vino chileno. Y encima se preocupa por si nos gusta: ¡ Pero Mawi! ¡ Que nuestra cena iba a ser el pam bimbo con philadelphia que llevamos en la maleta hecho un gurruño!. A Gonzalo no le sorprende, califica a Mawi como “la erasmus que mejor come en toda la residencia”. No tengo la más mínima duda.
Tras la cena, vienen sus compañeros de erasmus: Simón, un francés de Normandía, y Laura; francesa también, de cerca de París. Tomamos unas copas con ellos y jugamos al quinito, al que sospechosamente nos panean sin titubear. Si Mawi no echase tanto de menos las lentejas, su vida en Holanda me daría mucho más envidia aún.
Ellos se animan a irse de fiesta, pero nosotros estamos acabadísimos, y optamos por caer muertos en la confortable cama de matrimonio que la excelente anfitriona nos monta en un periquete.
Por la mañana me despierto, mientras los 3 restantes aún duermen. Me ducho y engalano tratando de no despertar a nadie sin éxito, salvo a Ángel que sigue en su dulce vigilia. Recogemos y nos vamos muyyyyy agradecidos por la hospitalidad.
Queremos pasar la mañana en Ámsterdam, y a la estación de Haarlem, donde los trenes pasan cada media hora. De nuevo vuelve el delirio de las máquinas expendedoras, y con el tren a punto de partir, nos faltan 10 céntimos sueltos para comprar los tickets. Se nos va el tren en nuestras mismísimas narices. Decidimos alegrar la espera hasta el siguiente, con un desayuno en la cafetería de la estación, que es igual de encantadora que el resto de la ciudad. Lo delicioso del desayuno, nos hace observar atónitos como se nos vuelve a escapar el tren. Bueno, el “pani italiani” estaba riquísimo.
De nuevo en Ámsterdam, completamos las cosas que nos quedaban por ver, y comemos en una terracita muy auténtica junto a un canal precioso. Encontramos unas callejuelas repletas de coffes, y elegimos el que será mejor para despedirnos de la ciudad, y acertamos. Cumplimos el objetivo de comernos un brownie de hachís, a 4 excesivos euros, que lleva nada menos que medio gramo de hachís. Los de la mesa contigua se ponen verdes de envidia, y nos imitan comprándose otros 14 brownies. Los observo con recelo y nos asombramos de que más allá de Julián Romea también existan pijos, los pijos europeos. Dada nuestra restringida economía, no nos hemos comprado ningún souvenir de recuerdo. Los ceniceros del coffe a mí me parecen adecuados para el expolio, son la mar de chulos, y pone Ámsterdam. Lucho contra los remordimientos de Ángel, porque la camarera le había caído bien, y nos llevamos dos. Después, descubrimos que en el dorso, por la parte de debajo de los ceniceros está impreso: “Stolen from Ámsterdam” (Robado de Amstedam). ¡ Por tutatis! ¡ Qué previsores estos holandeses!.
Nos despedimos a medias de la ciudad, porque contemplamos volver.
Ahora nos espera todo un maratón: tren hacia Bruselas Midi, autobús hasta el aeropuerto de Charleroi (léase Charleruá, para no parecer un paleto), pasar allí la noche, y por la mañana coger un avión a Madrid. Ante tanta complicación, hasta el vaticinio más optimista parecía presagiar algún fallo; y, evidentemente, lo hubo.
El tren, sin problemas; pero llegamos más tarde lo previsto a Bruselas y perdemos el último autobús al aeropuerto, a las 20:30. Preguntamos a un taxista con maneras y cara de mafioso, cuánto sería el taxi hasta allí. “ Alrededor de 30 euros”. Bueno, qué se le va a hacer, nos lo ahorramos en la maleta. Así que, nos montamos en el taxi, y cuando hemos recorrido apenas 50 metros, nos damos cuenta que ninguno de los dos tenemos la bolsa de plástico dónde llevábamos la cámara de vídeo, los ceniceros y el periódico. Nos la hemos dejado en el tren.
Se lo explicamos al taxista, que da la vuelta y vuelve a la estación, totalmente enfurecido, gritando dios sabe qué. El tipo acojona bastante, y se lo cuenta a las hordas de taxistas presentes, que nos miran igualmente enfurecidos. Nos acaba robando 15 euros por los 50 metros de recorrido,que le pagamos a cambio de que no nos meta una somanta de leches que parece bastante probable. Le maldecimos en arameo, mientras nos batimos en retirada.
Cabreados, estamos dispuestos a encontrar la bolsa. Es una empresa, cuánto menos difícil, pues puede que el tren ya no esté, que se hayan llevado la bolsa….Pero no nos desalentamos. Con los bultos a cuestas, corremos por todos y cada uno de los andenes, buscando frenéticos el vagón. Lo encontramos en una vía lejana, y le gritamos a un tío de la estación que pasaba por allí que nos hemos dejado una bolsa en ese tren. El acceso para subir a esa vía esta cerrado, pero encontramos un subterfugio, y Ángel consigue llegar a un tren. Una vez dentro, se da cuenta de que no es nuestro tren, y se escucha el pitido de salida. Sacando sus dotes de superhéroe de Marvel, consigue salir a tiempo, y se da de bruces con el tío al que le hemos contado la película de la bolsa. Éste le pregunta qué era lo que llevaba en ella, y cuándo Ángel contesta acertadamente, se la devuelve. Y parecía imposible.
Tenemos la bolsa, bien. Pero tenemos que llegar al aeropuerto. Vamos por otra salida para no encontrarnos al capo taxista, y inquirimos a otros taxistas por cuánto nos llevarian, a nosotros, tiernos turistas. La respuesta nos deja en el sitio: “aproximadamente 100 euros”. ¿ Pero de qué cojones van estos taxistas belgas? Media vuelta y a la estación, a pensar qué hacer.
El siguiente autobús a Charleroi, sale a las 4:30 de la madrugada, así que nos decidimos a hacer noche allí hasta que llegue la hora.
A medida que pasan las horas, la estación se va vaciando de gente, y con ella se acrecenta nuestra paranoia. En los paneles informativos leemos que, el último tren que sale de allí es a las 2 menos veinte. Y luego qué: ¿cierran?. Acojonaditos perdidos, nos dirigimos a un tío de la estación que nos corrobora que a las 2 cierra la estación, y echan a todo el que no tenga billete.
Maldecimos nuestra suerte, y nos quedamos esperando el momento fatídico. A nuestro alrededor, apenas un par de vagabundos y de moritos sospechosos. Bueno, quizás no eran tan sospechosos, pero en ese estado catatónico todo era carne de sospecha. Incluso una madre con bebé en los brazos, habría sido materia de nuestro desvarío, y habríamos especulado sobre la Kalasnikof que llevaba envuelta en mantas simulando un bebé. Es más, yo anoto la observación gloriosa de “Si nos observo desde fuera, yo me robaría”. Nos metemos los dnis en las zapatillas, y el escaso dinero que nos queda en mi sujetador; y que sea lo que Lenin quiera.
Finalmente, vemos pasar a otros responsables de la estación, cuando están muy cerca las 2 de la mañana. Quemo el último cartucho, y me acerco a explicarle toda nuestra vida: hemos perdido el autobús, tenemos miedo de que nos echéis a las 2, en la calle llueve y hace frío, y pongo muchos morritos. El hombre se apiada de mí, y me indica cómo llegar a una “waiting area” que es exclusiva para pasajeros del tren, pero que hará la vista gorda.
Casi le beso los pies de agradecimiento, pero me contengo, y vamos hacia nuestra salvación. Cuando llegamos allí nos transformamos en dos personas totalmente diferentes: caras terriblemente sonrientes y al borde de un colapso orgásmico de felicidad. Una sala con sillas, y gente con una pinta excelente.
Consumimos el tiempo que quedaba hasta la salida del autobús allí, felices y contentos.
Localizamos el autobús y la inmensa cola que lo circunda. Finalmente fletan otro bus más, y subimos. Llegado el momento de pagar el conductor me dice “26 euros”, y veo como la desdicha se cierne sobre nosotros de nuevo. En Internet ponía 11 euros por persona, y nosotros solo tenemos 23. Me converti en glándula sudorípara toda yo, y mis piernas esencia de temblor, con el corazón en la boca. Rebuscamos temblorosos, y conseguimos juntar los 26 euros con monedillas de 5 y 10 céntimos, y ya estamos salvados por tercera o cuarta vez en el día. Ya me veía llorando al conductor y mendigando euros a diestro y siniestro a cualquier desconocido.
“llegamos al aeropuerto” parece una frase sin más, pero, como es obvio, para nosotros, constituyó toda una victoria. Y es que, no hay viaje sin alguna pequeña o gran catástrofe, desdicha o contratiempo. Viajar es, al menos para nosotros, acabar luchando en algún momento contra el cabrón del azar.
Cogimos el vuelo, en ese odioso aeropuerto de Charleroi, a 70 kilómetros de Bruselas; que, reflexión menor: manda cojones llamarlo Bruselas también, es como si yo pongo un aeropuerto en Guadarrama y lo llamo “Madrid Norte”.
Como decía, cogimos el vuelo, y comiendo sandwich de Philadelphia, llegamos a Madrid.
Al fin y al cabo, este viaje empezó y acabó, en el mismo lugar que todos: en casa, y con la maleta llena de ropa sucia.
Saludando empiezo el post, que parece que es lo que procede tras un tiempo de ausencia.
Mucho tiempo sin escribir, ya, ya lo sé. Más concretamente, sin publicar aquí. Pero, bueno, mis queridos cuatro felinos que, de vez en cuando encontrais tiempo para dejaros caer por aquí…sé de vuestra supervivencia sin la lectura de mis “loqueseaesto”. Asique, no me disculparé por el paréntesis, ( no me autoconcedo ninguna importancia en vuestras paseos cibernéticos, tranquilos ).
Al fin y al cabo, aquí estoy de vuelta. He buceado entre mis borradores, y ninguno ha acabado de convencerme. Hasta mandé a la basura alguno de los más prometedores. Demasiado oscurantismo, tautología de la dura. Buf.
Pero, de pronto; apareció. De entre los abismos de los archivos olvidados, y perfecta para ser pasada por alto. Solo una nota al final de un texto de lo más pedestre. “Síndrome de Antón”, rezaba. A su lado, uno de esos códigos propios, que solo entiende la mano que los plasma; que me instaba a investigar sobre ello. Obedecí, y desentrañé lo que se escondía tras esa sintomatología.
Primera de las santas uves dobles¿Qué es el síndrome de Antón?. Se me arremolinan las ideas en la frente, así que trataré de no teatralizar, narrándolo como un cuento. ( Tranquilos, felinos: el blog no se ha convertido en una extraña copia barata de un diccionario de neurología). Me pareció interesante.
En la mayoría de los casos,suele sufrirlo un hombre que ha pasado el ecuador de su vida, altamente saturado en sus niveles de responsabilidad, mediocridad, grasas y almíbar en sangre. En perpetuo control de su dieta, siempre en busca de saciar sus apetitos voraces de dulces y pastelillos de nata, de tocinillos de cielo y delicatessen varias con cualquier sucedáneo que se le presente. Acostumbrado a conformarse y engañarse con chuches y fruslerías, se atiborra de ellos soñando que son lo que desearía en realidad.
Y un día tanto consumismo le pasa factura, algo falla en su interior: la sangre no circula bien, se le ralentiza el corazón o bombea más lento; como sin fuerzas, apático y sin el empaque necesario para continuar.
Si la bazofia ha sido demasiada para poder tolerarse, es el mismo músculo cardíaco el que dice basta, parándose tras toser un par de veces. Eso de que se rinda ocurre la mayoría de las veces, a la mayoría de personas, a veces sólo como un susto, un aviso; otras, definitivamente.
En algunos casos, de un modo excepcional, algunos seres que se han ido envenenando más lenta y progresivamente, aclimatan su sistema a la ponzoña que se hacen tragar cada jornada. En ese caso, parte de ella puede navegar por su torrente sanguíneo hasta invadirlo, de tal modo que incluso llegue a acomodarse en algún punto próximo a su alma, haciendo que poco a poco se le aletargue, como cuando se te duerme un pie sobre el que te has sentado en el sofá mientras veías el telediario a la hora de la siesta. Sólo que áquella raramente despierta, porque la falta de oxígeno asfixia y acaba con ella.
Al cabo de unos minutos comienzan los cambios que, aunque múltiples, son tan sutiles que pasan desapercibidos durante algún tiempo. Y aquí comienza lo interesante de verdad.
Las percepciones cambian, se hacen más borrosas; los límites de los objetos, que antes eran nítidos, se diluyen de un modo gradual hasta que parece ser parte de lo mismo lo que antes constituían elementos separados y diferenciados. Se desorientan, se sienten confusos y perdidos y lo achacan todo a elementos circunstanciales, como el mal tiempo, el estrés o el cansancio acumulado. Se repiten que con una estancia en un spa, en un balneario, casa rural o una sesión de shiatsu se aliviarán. Se proponen mentalmente ir al gimnasio, retomar aquellos paseos matutinos, dormir ocho horas, dejar de competir por ser los primeros en arrancar en los semáforos y hasta sonreír de vez en cuando.
Sin ser conscientes (y es que pierden también esa capacidad para discernir) pronto se han adaptado a caminar entre sombras y luces deslumbrantes de faros antiniebla y farolas amarillentas de residencial periférico. Aprenden a fingir, a actuar "como si...": como si viesen, como si aún recordasen lo que esperaban de la vida cuando tenían catorce, quince o veinte años. Como si fuesen felices y no sintiesen un peso muerto en su lado izquierdo, como si aún pudiesen sumar y pensar de un modo lógico, como si todavía recordasen lo que era imaginar y soñar con los ojos abiertos; como si no les fuese imposible sentirse completamente despiertos y mirar el mundo de frente, sin visillos pseudooníricos que maticen la realidad angulosa y dura de las cosas.
Se afanan en tejer alucinaciones, acumular historias y fábulas, construídas para tapar las lagunas que se crean en su discurrir espacio temporal; para negarse y olvidar que algo terrible les ocurre, que no están ciegos sus ojos, que no están muertos sus brazos o piernas, que lo realmente dañado es un rincón occipital de su mente, un trozo importante de su alma.
Y no, no es un síndrome neurológico tan atípico, es en exceso habitual…”No hay más ciego que el que no quiere ver”. Al refranero a veces lo respaldan referencias al margen de los sucesos vecinales. O quizás la psicología popular tiene cimientos más sólidos de lo que creemos.
Para el que guste, aquí dejo referencias neurológicas serias sobre el síndrome de Anton, o la llamada ceguera cortical;cuando tus ojos ven, pero tú estás ciego...
Y como despedida, retomo uno de mis objetivos de la inaguración del blog, de colgar vídeos y que tenía pendiente. Curiosidades que tienen los youtubes, oiga usté.
Besitos a todos, y gracias por dedicar un rato a mis circunloquios virtuales, taan soporíferos. ( espero que no albergarais expectativas de brillantez en la actualización, porque ando falta de prozac para decepciones )
Muchos son los lazos destrenzados que me alejan de esta historia. Pero aún lo tengo atragantado en algún punto difuso entre el estómago y el corazón, y a veces me pide salir.
El padre de una amiga, se había largado hacía los suficientes años, cuando ella tenía ya la edad justa para comprender el abismo del abandono. Ahora, regresaba desde el mismo magma de la desaparición, con una mulata con bombo de la mano, demandando oportunidades lapidadas desde el mismo momento en que se borró del mapa.
Su primer movimiento fue organizar una cena, un teatro para construir algo de la nada. Mi amiga pasó de edificar historias cada noche en la cama para atenuar dolores rotos, a sentarse ante una mesa con aquél extraño. Y yo no pude negarme. Por supuesto que la acompañé, aunque desconocía en qué forma podría suponer un mínimo de ayuda ante tamaña perspectiva.
Podría hablar de los desarraigos, de la cobardía. Pero no voy a ponerle adornitos, lo siento. Fueron, simplemente las hipocresía e imposturas más desnudas, y el teatro más evidente al que he asistido jamás. Pocas situaciones en mi vida han rozado tanto lo esperpéntico como aquél circo. Comensales dignos de cualquier farsa teatral. Me limité a anhelar que cayera el telón, mientras sujetaba la mano de mi amiga, y me retorcía al sentirla reprimiendo la rabia y las lágrimas amargas.
Asistí a lamás sempiterna estupidez de querer construir una felicidad hipócrita, que esté lista cuando llegue el postre. Cómo si el mecanismo respondiese a unas instrucciones impresas en una bolsa de precocinados."Primero, aparecer. Segundo: Imponer una cena con asistentes divergentes, pero que conformen un gran número para llenar la mesa. Condimentar con un buen número de bromas y anécdotas inverosímiles, y sin más reposo extraer del horno: ¡Ya tiene lista su nueva familia! "
Aproveché un momento en que mi amiga se retiró para hablar con su padre, (al fin) y bajé a por más tabaco. Me había crujido casi un paquete yo solita ante aquella horrible velada. Ver consumirse el humo era más la alternativa más cómoda y menos doliente.
Entonces, la madrastra nigeriana, cogió su abrigo de cuero granate y me dijo que me acompañaba, que a ella también le quedaba poco.
Hasta ese momento, yo había presenciado el espectáculo como mera espectadora, como aquella que asiste a una representación teatral ,y que no puede levantarse de su butaca y subir al escenario para zarandear a los actores que le suscitan desagrado. Pero, en cambio, sí se le condece la opción de tejer su espectro de simpatías por unos u otros personajes, siempre desde la comodidad de su asiento. Pero ahora, tenía la ocasión insólita de alternar con esos particulares actores, que representaban un papel indefinido entre la irrealidad absoluta, y la empatía por el dolor palpablede mi amiga.
Luché, durante el primer acto en la casa, por no demonizar a esa mulata de sonrisa impoluta. Ahora la tenía frente a mi, en una situación de tan incomprensible como el hecho mismo de mi presencia en ella.
Entonces, ella ( he olvidado su nombre)me preguntó mi opinión acerca del asunto evidente. Yo estaba sosteniendo entonces la puerta del portal para volver al escenario sin telón, y sin soltarla encendí un cigarro; sujeté un silencio en el aire. De hito en hito, la observé, y deteniéndome en sus ojos castaños, solté la pregunta sin glasear, pura y sin matices. ¿Le quieres?
No pareció sorprenderle mi pregunta. También ella sacó un cigarrillo, y tras una calada pueril y tierna, comenzó a hablar.
Venimos de mundos diferentes y por eso es difícil que consigas ponerte en mi piel. Los españoles siempre hacéis preguntas que para alguien como yo parecen estúpidas. Dudas de si quiero a su padre, sobre si estamos enamorados o no, y no hay forma de que pueda hacerte entender que para mí hablar de amor es como hacerlo sobre el espíritu de los muertos.
Aquí os ocupáis de cosas poco importantes porque tenéis de todo y no sabéis el infierno en que puede convertirse la vida. Hablas de amor y de felicidad porque nunca te has visto obligada a sobrevivir a cualquier precio. Si lo hubieses hecho sabrías que todo eso que tanto aprecias es accesorio y que tiene poco que ver con lo realmente primordial. La desesperación hace que reconsideres tus prioridades. Por ejemplo, yo no puedo ni podré nunca sentirme avergonzada por haber sido puta. Era necesario, así de simple. Aterricé en Madrid a los 24 años, con una familia que esperaba ayuda y dinero para salir de Nigeria y con sólo el número de teléfono de un compatriota. Había un sitio para mí en un bar a las afueras. Aquello, aunque no lo creas, supuso la salvación para mí porque dejé de estar sola e hice amigas entre mis compañeras.
Ahora te lo cuento y a ti te horroriza pensar que me vendía por dinero. En realidad sólo era un trabajo, un medio para un fin. Lo único que nos diferencia es la mentalidad. Las mujeres de aquí tenéis... proud, you know... orgullo, tú tienes orgullo. Yo sé que con eso no habría comprado la salida del país de mis hermanos, ni tampoco pagaría mis deudas. La dignidad es un lujo que te das, como las joyas o el maquillaje, pero que se abandona si es necesario.
Cuando ya llevaba dos años en esto, en el 98, conocí a Raúl. Fue un buen cliente desde la primera noche, diferente en algunas cosas pequeñas. Los hombres cuando pagan se olvidan de ti, te conviertes en un objeto para su uso y placer. Se bajan los pantalones, se tiran en la cama y miran al techo esperando que hagas tu parte. Cuando acaban dejan el dinero, se visten y se van. Pocos dicen algo o se dirigen a ti, te ignoran como si fueses un animal. Ni siquiera se da el nombre real. Inventas uno y te acostumbras a usarlo siempre. Llega un momento en que eres dos personas distintas: una, la puta complaciente con un nombre exótico como Lulú; la otra, una mujer normal que sólo trata de salir adelante.
Él mehablaba, contaba chistes y cantaba al oído cosas que yo no entendía bien. No me trató como si fuese basura o como si por pagar yo dejase de ser persona. Esa fue la diferencia entre él y los otros. Y cuando me quedé embarazada, ¿sabes? no me preguntó si podría no ser el padre. Nunca dudó.
Me sacó de allí una madrugada y acabamos en Valencia, en la playa de Cullera. Hacía casi cuatro años que yo no veía el mar y nos quedamos en la arena hasta que amaneció. Después me instaló en su casa y ahora me presenta a toda su familia.
Tú preguntas si le amo y yo no estoy segura. Únicamente sé que, ahora, gracias a él me puedo permitir sentir algo, lo que sea. Ha puesto ese privilegio a mi alcance.
Yo había cerrado la puerta del portal, creo, en la primera frase.
El otro día, un amigo muy querido, de esos que aplazan las siestas para dejarte sana y salva en casa; me hizo un pequeño tour por su antiguo barrio. Desde el coche, iba señalando los rincones que lo habían visto crecer, la esquinas donde se agolpaban los recuerdos; y la pequeña bodeguilla a la que bajaba a comprar el vino para su padre. Me hablaba de la farmacia, de los lugares donde se accidentaba con los juegos de niños, de la tienda de las chuches de cabecera en aquellos ochenta. Y, mientras su índice dirigía mi atención hacia esos recuerdos ahora enmarcados en carteles de “se traspasa” , por el rabillo del ojo, lo veía apagarse. El tono de su voz navegó por los distintos tonos de la nostalgia, de la añoranza, de la morriña más sincera. Su tono, y su semblante acabaron enmarcados en una tristeza tan punzante, tan aguda, que me instaló la certeza amarga de que jamás podré olvidarlo.
“Ya no me queda nada aquí” musitó en varias ocasiones. No reconocía esas calles, no encontraba por sus resquicios a aquél niño de pelo negruzco jugueteando en el descampado. En él solo había tres niños gitanos jugando a la pelota. Y mi amigo evocaba en su mente los días en que ese descampado era un auténtico patio de recreo, atestado de niños, muchos más de tres.
Si pienso en mi infancia, me vienen los juegos, por encima de todo. Muchos juegos. Matar caracoles, peinar a las muñecas mientras hacíamos tiempo para escondernos en las obras, construir cabañas entre los cardos (toda una labor de ingeniería que requería de allanamiento de caminos, búsqueda de materiales entre las obras de los bloques a medias y una extrema precaución y vigilancia constante al bando enemigo), hacer de peluquera, jugar a la goma y con el aro, a las bicis sin frenos, a quemar algo, a no besarnos con el "beso, verdad, atrevimiento", a no atrevernos con el "beso, verdad, atravimiento", a decir la verdad con el "beso, verdad, atrevimiento".
Yo vivía en un barrio normalito. Con sus tiendas, su mercado, y una larga lista de etcéteras de lo más corriente. Pero lo recuerdo como un auténtico paraíso de juegos. Un paraíso para los niños, porque tenía, aún, infinitas zonas por construir; lo que significa, en el lenguaje de un niño:
- Obras donde jugar al escondite.
- Tablas para construir cabañas.
- Lugares enormes, oscuros y tétricos por la noche, llenos de cosas de los obreros, donde pasar miedo y echar a correr, en algunos casos a llorar.
- Muchos bichos, especialmente caracoles y lombrices de tierra, para jugar a las comiditas.
- Muchas madres histéricas (muchas manchas).
- Alguna que otra montaña de escombros, "montañas basura", desde las cuales reinar el mundo, tirar piedras, autoproclamarse rey o reina.
- Muchos tramos de calle sin asfaltar, o en obras,donde caerte como dios manda, y ensuciarte como dios manda.
- Muchos niños (allá donde hay suciedad, cardos y bichos, hay niños).
- Mucho tiempo (el tiempo da más de sí en un sitio verde que en una calle cualquiera de una ciudad)
- Muchas pupas. Y mercromina a granel.
Disponíamos de varios descampados, el de delante, el de detrás y el mágico, que era el de la izquierda, donde nada estaba por construir, y podías encontrate avisperos, amapolas, caracolazos, y algún que otro señor mayor con el pito en la mano, de cara a la pared, mirándonos.
De vez en cuando y cuando nos sentíamos valientes, nos íbamos al descampado de la izquierda. Había que llevar ropa buena, de la mala, para evitar desastres familiares. Las misiones variaban, coger caracoles los más pequeños, evitar las picaduras de las avispas, recolectar quesitos (unas cosas verdes pequeñitas) y comerlos por el camino, y por último, llegar hasta un portal de una casa abandonada donde estábamos seguros de que alguien vivía.
Había tres árboles de morera justo al lado de la casa. Somieres, hachas. Sillas rotas. No sé, para mí todo eran cosas importantes. Éramos muchos niños ennegrecidos por el sol, y la mierda. Llégabamos, explorábamos, sentíamos el miedo y nos íbamos corriendo, porque siempre alguno se ponía a gritar, y nos daba un susto que acababa rebotando en él. Sí, a correr, todos de vuelta, cansados, llenos de mierda, al descampando de delante, el que controlaban las madres.
Allí jugábamos al beisbol. Las niñas no podíamos ser muy cursis en un lugar como aquél, no nos ponían vestiditos porque íbamos a tirarnos por el suelo, a lanzarnos pelotas, a jugar con las bicis. Quizás había algo de asexualidad en todo aquello. Lo ilustran algunas fotos de entonces, éramos la indefinición sexual en todo su esplendor, "pansexuales". Al fin y al cabo, niños de seis y siete años, todos estábamos en el mismo grupo, en el de los juegos, y nunca se nos pasó por la cabeza que las niñas debieran jugar a una cosa y los niños a otra. Éramos un súper equipo de niños que no pronunciaban ni una sóla palabra bien y que tenían tardes de muchas horas para jugar.
Hoy en día, cuando veo a las niñas jugando horas y horas con una muñeca anoréxica de treinta euros y de diez centímetros de larga (de los cuales siete pertenecen a las piernas), sin correr, sin ensuciarse, sin tirarse de los pelos con alguien, pienso que todo eso lo hará de mayor, y lo que es peor, la llamarán desquiciada, desequilibrada. Sí, exagero, pero de alguna manera no, no creo que las ciudades de hoy estén echas a la medida de los niños, sino a la de los mayores, y ni eso. Creo que las ciudades son el reflejo de los miedos de los adultos y que estoy inspirándome inproductivamente. Que nadie, en su sano juicio, concebiría el modelo de ciudad en el que practicamente todos vivimos, de no ser porque lo ha ido asimilando poco a poco, sin darnos apenas cuenta.
Sí, un día te levantas y no hay un descampado con amapolas, y otro día te levantas y te das cuenta de que nunca corres por la calle, y siempre caminas por la misma a diario, de que no hay lugares mágicos (todo eso lo dejamos para el sexo) de que las manchas en la ropa te dan vergüenza y de que las zapatillas te las pones únicamente a la entrada del gimnasio.
Decía Quino, en una metáfora que no es suya, pero que yo le adjudico, que la vida debería ser al revés. Se imaginaba un mundo donde la gente naciera con ochenta años, que ya está bien, un mundo donde fuéramos olvidando y nos fuéramos haciendo pequeños. Ahí la muerte sería algo dulce, justo después del primer llanto. Nos haríamos jóvenes, iríamos perdiendo arrugas, soledad, dejaríamos de trabajar para meternos en una clase de algún instituto, y luego al colegio, donde bailaríamos en los recreos. Un mundo donde poquito a poco fuéramos sonriendo más, hasta estallar, hasta decirle a alguien que es idiota y que no le juntas, y a otra que es más fea que tú, ea, y en lugar de soñar con vacaciones de veinte días, con que bajen las hipotecas, soñaríamos con una bicicleta y un helado que chorrea.
Ya me he acabado el café y ya está mi ración de escritura por hoy, porque este último párrafo a mí me ha dejado tiesa, pensando, sí, que tengo ganas de salir a la calle y ponerme a cantar alguna canción de las que me enseñaban mis abuelas. Puede que cante a las barricadas que “la roja” se afanó en que me aprendiera de pe a pa, o podría ser las de la otra abuela, que hablaban de mocitas que iban al río y que se acompañaban de bailes con los brazos levantados. Pero no lo haré, porque soy una persona de esas equilibradas que saben de márgenes.
O quizás no. La ilusión estúpida e infantil por pequeñas fruslerías, me invade de tanto en tanto...
PD: Me apunto una victoria. He sido capaz de acabar esto, sin mentar ni mi pueblo, ni la playstasion. Yeah.
" Después de descubrir que existen 27,4 millones de bitácoras, de conocer que cada segundo se crea un nuevo blog, después de saber que eso son 75,000 al día; tras tirarme años leyendo blogs ajenos, y después de decir que nunca lo haría...
¡Bienvenidos a todos! "
" Escribo porque, en un mundo sin Dios, escribir, como reírse, es casi una obligación moral. O metafísica"
Kafka
About Me
Bárbara
un ser más, con mis 3 millones de pajas mentales de serie, más otro milloncejo más.